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B2B14 de octubre de 2026·7 min de lectura

Embudo de ventas: tres ejemplos según el negocio que tengas

Un embudo de ventas es el recorrido que hace una persona desde que no te conoce hasta que te compra, y lo que haces tú en cada paso. No hay un embudo universal: el de un negocio local, el de una empresa que vende a otras empresas y el de una tienda online se parecen poco.

Portada de Embudo de ventas con el logotipo de LinkedIn y un diana de cuentas

Puntos clave

  • El embudo no es un dibujo, es la secuencia de lo que haces cuando alguien avanza o se queda parado.
  • La forma del embudo la decide el ciclo de venta: días en una tienda online, meses en una venta a empresas.
  • La fuga más cara casi nunca está arriba, está entre el contacto y la venta, y ahí no llega la publicidad.
  • Sin medición conectada, un embudo es una hipótesis bonita que nadie puede corregir.

¿Qué es un embudo de ventas?

Un embudo de ventas es el camino que recorre alguien desde que no sabe que existes hasta que te paga. Se describe paso a paso, con lo que tú haces en cada uno. Se llama embudo porque entra mucha gente arriba y sale poca abajo, y esa pérdida es normal.

La proporción que se pierde varía muchísimo según el sector y el precio, así que cualquier cifra de referencia que leas sirve de poco. Lo que importa está en dónde la pierdes, y en si eso se puede corregir.

Lo que no es: un dibujo para la presentación. Un embudo sirve si para cada paso hay dos respuestas escritas. Qué hace avanzar a esa persona, y qué haces tú si se queda parada ahí.

Las cuatro fases, en lenguaje llano

Se les ponen nombres distintos según el manual, pero son siempre las mismas cuatro.

  1. No te conocen. Hay que aparecer delante de gente que no te busca, o salir cuando buscan lo que vendes.
  2. Te están comparando. Ya saben que existes y miran si les encajas, normalmente junto a dos o tres opciones más.
  3. Deciden. Falta un empujón, que puede ser una prueba, un presupuesto claro o una duda resuelta.
  4. Ya son clientes. Aquí está el dinero que casi nadie trabaja: repetir, ampliar y recomendar.

La cuarta fase es la que más margen deja y la que menos presupuesto recibe. Captar un cliente nuevo cuesta siempre más que vender otra vez a quien ya confió en ti.

Conviene además distinguir dos cosas que se confunden. Una fase es el estado en que está la persona. Un paso es lo que haces tú cuando llega a esa fase. Un embudo mal montado suele tener las fases dibujadas y los pasos sin asignar, y entonces nadie hace nada concreto cuando alguien avanza.

La prueba para saber si el tuyo está bien montado es sencilla. Coge un contacto de la semana pasada y pregunta quién hizo qué y cuándo. Si la respuesta tarda en llegar o depende de la memoria de alguien, el embudo existe en el papel y no en la empresa.

¿Por qué no sirve copiar el embudo de otro?

Porque la forma del embudo la decide el ciclo de venta, y el ciclo lo decide el precio y el riesgo de la compra. Un corte de pelo se decide en segundos. Un software de gestión para cincuenta empleados tarda meses y lo aprueban tres personas distintas.

De ahí salen dos consecuencias prácticas. En ciclos cortos, la velocidad de respuesta lo es casi todo. En ciclos largos, lo que decide es la constancia del seguimiento y tener material que el interlocutor pueda enseñar internamente a quien firma.

Por eso los tres ejemplos que siguen no son variantes del mismo esquema. Son tres embudos distintos, con canales, plazos y tareas diferentes.

Ejemplo 1: un negocio local

El ciclo es de horas o días, y la distancia manda. Alguien busca el servicio en el móvil, mira tres fichas del mapa y decide casi en el momento.

Eso cambia las prioridades por completo. Aquí no hace falta educar a nadie ni construir confianza durante meses: hace falta estar visible en el momento exacto y responder rápido. Un negocio local que contesta en cinco minutos gana a otro mejor valorado que contesta al día siguiente.

El embudo que montamos tiene cinco pasos. Te encuentran en Google Maps y entran en la página del servicio. Quien no reserva vuelve a ver tus anuncios durante treinta días. Un correo recuerda la cita, y después de la visita se pide la reseña. Ese último paso no es cortesía: alimenta la posición en el mapa, que es de donde vendrá el siguiente cliente. Lo contamos entero en cómo conseguimos clientes, y el trabajo de fondo está en SEO local.

La fuga típica aquí no está en la captación. Está en el teléfono que nadie coge, o en un formulario que se responde dos días después.

En este tipo de negocio hay un paso que casi nadie monta y que sale casi gratis: avisar al dueño por mensaje cuando entra un formulario. No es tecnología avanzada, y convierte un contacto perdido en una llamada devuelta en diez minutos.

Ejemplo 2: una empresa que vende a empresas

El ciclo es de meses, deciden varias personas y la compra tiene que justificarse por escrito ante alguien. Aquí el embudo no empieza por atraer, empieza por elegir.

La consecuencia es que la métrica de arriba deja de importar. Dan igual mil visitas si ninguna viene de una empresa que encaje. Vale más llegar a doscientas empresas correctas que a veinte mil personas sueltas, y eso cambia tanto el presupuesto como la forma de medir.

Primero se construye la lista de empresas que encajan, con un criterio explícito de tamaño, sector y señal de compra. Después se les muestran anuncios en LinkedIn y se ofrece un formulario a quienes han visto el vídeo. El comercial escribe a las empresas que han interactuado, y el seguimiento dura unos catorce días hasta la reunión.

Lo que distingue este embudo es que la publicidad no cierra nada. Prepara una conversación. Si el comercial no entra, no hay venta por mucho presupuesto que se ponga. El reparto de cuentas objetivo lo detallamos en listas de cuentas en LinkedIn Ads.

Ejemplo 3: una tienda online

El ciclo son días, el producto se ve y se compara en pantalla, y el carrito abandonado es la fuga más predecible de todas.

Aquí el embudo encadena cinco piezas. Anuncios de descubrimiento en Instagram y TikTok. Presencia en Google cuando buscan el producto. Recuperación de indecisos en YouTube y Meta durante la primera semana. Tres correos de carrito abandonado, a las cuatro, veinticuatro y setenta y dos horas. Y una secuencia posterior a la compra para la reseña y la segunda venta.

Los plazos de esos correos son un punto de partida razonable, no una ley. En productos de precio alto la ventana se alarga, porque la decisión tarda más.

Y hay una cuarta fase que las tiendas trabajan poco. Quien ya compró una vez tiene una probabilidad mucho más alta de volver que un desconocido de comprar la primera. Una secuencia de recompra a treinta o sesenta días, según lo que dure el producto, suele ser la campaña más rentable de toda la cuenta.

Para montarlo hace falta menos de lo que vende la industria del software. Tres cosas, y ninguna es cara.

  1. Un sitio donde quede anotado cada contacto con su fase y su fecha. Una hoja de cálculo sirve hasta los cincuenta contactos al mes.
  2. La medición conectada, para saber de qué canal viene cada uno sin preguntárselo.
  3. Un responsable con nombre para cada paso, que es lo que más falta y menos cuesta.

La herramienta se elige después, cuando el volumen la justifique. Montar un CRM caro antes de tener un proceso solo produce un CRM caro y vacío, que es la compra fallida más habitual en empresas pequeñas.

Dónde se pierde el dinero de verdad

Cuando revisamos un embudo que no funciona, el fallo está casi siempre en el mismo sitio, y no es el que la gente espera. No está en que entre poca gente arriba: está entre el contacto y la venta.

Los tres fallos que más repetimos son estos. Nadie responde en menos de una hora al contacto que llega. No se sabe de dónde vino cada venta, porque la medición no llega al CRM. Y no hay nada preparado para quien dijo «ahora no». Ese último grupo suele ser el más grande y el más barato de recuperar.

Ninguno de los tres se arregla con más publicidad. Se arreglan conectando la medición con el sistema de ventas, que es lo que hacemos en GTM Engineering.

¿Cómo saber si tu embudo funciona?

Hacen falta cuatro números, y solo cuatro, para empezar a decidir con criterio.

  • Cuántas personas entran por cada canal al mes.
  • Qué porcentaje deja sus datos o compra.
  • Cuánto cuesta cada contacto y cada cliente.
  • Cuánto margen deja un cliente, incluida la repetición.

Con esos cuatro se ve enseguida dónde está el cuello de botella. Sin ellos, cualquier cambio en el embudo es una corazonada, y el trabajo de analítica y CRO consiste precisamente en ponerlos sobre la mesa.

Por dónde empezar

Dibuja en un papel los pasos que dio tu último cliente, desde que te conoció hasta que pagó, con las fechas reales. Casi siempre aparece un paso que no habías previsto y una espera que nadie estaba vigilando.

Repite el ejercicio con alguien que pidió presupuesto y no compró. Ese segundo recorrido es más incómodo de mirar y más rentable de arreglar, porque suele señalar el mismo punto una y otra vez. Ese hueco es tu primer arreglo, y cuesta menos que cualquier campaña nueva.

Preguntas frecuentes

¿Cuántas fases debe tener un embudo?

Cuatro bastan para casi cualquier negocio: no te conocen, te comparan, deciden y ya son clientes. Añadir más fases suele complicar el seguimiento sin mejorar las decisiones.

¿Sirve el mismo embudo para todos los negocios?

No. El ciclo de venta cambia la forma: en una tienda online son días y en una venta a empresas, meses. Copiar el embudo de otro sector es el error más común.

¿Dónde se pierde más gente?

Entre el contacto y la venta, no en la entrada. Las causas habituales son la lentitud en responder, la falta de medición hasta el CRM y no tener nada preparado para quien aplaza la decisión.

¿Hace falta una herramienta cara para montarlo?

No para empezar. Hacen falta cuatro datos bien medidos y un sitio donde anotar en qué fase está cada contacto. La herramienta se elige después, cuando el volumen la justifica.

JB
Juan Berges

Juan Berges es CEO de The Baller Company y escribe sobre publicidad digital, SEO, buscadores de IA y las novedades de Google, Meta, LinkedIn y TikTok.

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